La llegada del solsticio de verano en invierno es tan
alucinatorio como puede ser lo que sucedia a tan poca distancia de mí.
Sus curvas flameaban desde la esquina, se ocultaba su rostro
por el reflejo del sol en las vidrieras y parecía recobrar el aire cierta vibración
por la humedad que se levantaba entre esas calles de asfalto. El tránsito de la
cuidad atiborraba con sonidos; aunque sus ruidos se opacaron al acompañar con
su desempeño melódico su caminata.
No creía que ella fuera a reconocerme, pues, el cambio que había
sufrido mi voz y mi mirada había sido de una forma tan clandestina que anulaba las
constelaciones.
Su mirada parecía fijarse en mí.
Yo iba acercándome poco a poco en mi caminata frente a ella,
¿me reconocería?. Siguió acercándose cambiando la mirada y su perfil con el
reflejo del sol, y acotó en sus labios una mueca provocadora, sin dejar de
mirarme. Tan pronto sucedió eso, mi boca y garganta comenzaron a secarse, esa
mirada desafiante anudaba mis cuerdas vocales, y empezando a temblar cayó la
primera gota por mi sien. Disimulé su secado con un gesto pensativo, corrí la
vista de ella y volví a posarla en el momento que dí por terminada mi actuación.
Sin perderme su paso actué con osadía cuando pensé en su cercanía. En el
momento en que levante mi rostro, ella empezaba a rodear mi cuerpo, amagando un
choque que logro evitar, me miró fijamente y me provocó una conmoción
espeluznante. De allí que yo, sin poder dejar de mirar su nariz, mantenía mi
boca seca, mientras ella con su mirada desafiante estremecía mi cuerpo, y al
querer producir mi primera palabra, solo pronuncié un sonido espeso que
dificultó mi hablar con la sensación de algo punzante en el cuello.
En ese momento volteó su rostro; su gesto, su boca, había
cambiado. En su perfil note un hastío, y al estar tan cerca y notar su piel tan
suave en su cuello y su perfume tan pregnante, en mi último
instante posible de actuar, olvidé hablar
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