jueves, 28 de junio de 2012
La noche hacia florecer sus encantos haciéndolo todo mas lindo que el día. Era mucho mas acogedor, y el clima daba una sensación de calidez y templanza jamas encontrado en otro lugar. Las estrellas proporcionaban la luz exacta en donde tus ojos no se ciegan ni encandilan, y permitían ver el paisaje cercano con una suavidad única.
Era sorprendente como tantas estrellas podían dar, en su destello, esa claridad que tampoco era clara pero era la claridad necesaria. Acompañada por un viento suave, que hacia mover temporalmente las copas de los arboles. Se articulaba un sonido de ensoñación que esperaba dormirte sin poder nunca llegar a hacerlo. Sensación de una escena que parecía repetirse pero sin embargo, el viento, arrastraba siempre el movimiento de las hojas con un sonido diferente, un sonido cáustico amoroso.
El miedo se aleja de este lugar, no por pensar que no haya bestias rondantes sino porque si se acercaran podríamos ya tratarlos como amigos.
Una bestia se me acerco un día, era el doble de mi tamaño. Tenia una postura doblegada, brazos tan largos que casi llegaban al piso, pelos en todo su cuerpo, y cuernos que sobresalian maliciosamente acompañados de su rostro. Todo su cuerpo reflejaba una expresión diferente a la de su cabeza. Se podía ver un ser circundante que quería reposar a cuesta de sus inmundicias, un solfeo arrollador buscaba un contacto. Mientras que su cabeza daba toda la desconfianza de poder amistar con él, daba la impresión de poder arrancarte la cabeza de un mordisco para saciar su hambre.
Cuando lo vi pensé: ¿Qué culpa tiene de ser bestia?
En ese momento, me corrí del lugar del que yo estaba sentada para que ella lo ocupara, y la acompañé, ubicándome a su lado, para vivir nuevas sensaciones. Cada lugar que ocupes en ese paisaje te hará revivir nuevas sensaciones. No es lo mismo si miras las estrellas o el horizonte, si solo te dedicas a escuchar el susurro del viento o a mirarlo mecer las copas, o si te pones en un lugar donde el viento dé en vos.
La bestia aceptó quedarse. Yo solo cerré los ojos y decidí escuchar el susurro del viento sintiendo a la vez como daba en mi cuerpo. Cuando abrí los ojos después de un tiempo, la bestia ya no estaba, no había notado sus movimientos y ya no estaba cerca.
La mañana cautiva una cristalidad del día que ensordece.
Pisan el suelo los arboles.
Comen cenizas las ardillas.
Cuentan historias el viento y las hojas.
Maullan gatos y lloran los astros.
Toda aquello había en este pintoresco lugar.
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