La desconocida
Bailás como única en el matorral. Sos voz danzante de una caricia, de
una serenidad plausible.
Extraño, tu voz es igual que la luz del
día en mi rostro cuando ansío algo nuevo. Esa luz acompañada por el viento que
perpleja, como si no existiera ese pasado redundante y blasfemo.
Todo, es nítidamente nuevo y hermoso.
Tus ojos cerrados acaecen en belleza con
un canto desentonado.
Bailando
estás, alrededor de mucha gente, que observa, y clama tus movimientos en silencio.
Extraño, tu rareza es también tu voz,
pero con un gesto.
No
permite, ni se acerca. Es un continuo develar de lejanía de ella consigo misma.
¡Pero estás!, ¡estás en medio de un circulo de gente! Estás en todo.
Llevás
un vestido verde, ajustado en la cintura, ajusta tu busto y dobla tus hombros
contorneándolos. Movés tus brazos y manos alegóricamente, una oleada de
movimientos; tu rostro nunca cambia y la canción parece no tener fin.
Tu postura transeúnte, altiva, me hace
sentir pequeña pero no excluida. Como si quisieras que te expliquen algo pero a
la vez intimidás para que no se haga.
Ella
es la postura, su imagen se descentra todo el tiempo, se ensimisma solo un
momento y de la misma manera: con odio, con sed que no es, con hambre que no
existe, con muerte.
No toca, no ríe, no llora y no ama, no
parece amar, no se inquieta, no perdura, no siente, no crece, no se deslumbra.
Y no es ella, ¡Sos vos!